Capítulo 56: El Guardián del ParaísoLa paz del Valle Rojo, ese silencio sagrado que habían conquistado con cicatrices y lágrimas, se vio perturbada no por el estruendo de máquinas, sino por el eco distante de los cascos de los caballos contra el granito del desfiladero. Alaric, que estaba ayudando a Isolde a plantar unas semillas de lavanda cerca de la entrada de la casa de piedra, se tensó. No fue un movimiento brusco, sino esa quietud depredadora que recordaba su pasado, una que Isolde detectó de inmediato.—Están aquí —susurró Alaric, poniéndose en pie. Sus ojos grises escanearon la entrada del valle, esa grieta estrecha entre los picos carmesíes que era el único acceso a su mundo privado.Isolde se levantó también, limpiándose los restos de tierra de sus manos. Su cabello plateado, ahora libre de cualquier trenza o adorno, ondeaba suavemente con la brisa de la montaña. No sintió miedo, sino una profunda tristeza. La idea de que la violencia humana pudiera manchar la pureza de ese
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