La oficina de Maxxine Cavendish olía a rosas blancas. Cientos de ellas.Habían llegado a primera hora de la mañana, llenando cada superficie disponible: el escritorio, las mesas auxiliares, incluso el alféizar de la ventana panorámica. Eran hermosas, caras y excesivas. Justo como el hombre que las había enviado.Maxxine estaba de pie junto a la ventana, observando el horizonte gris de Londres, ignorando el jardín botánico en el que se había convertido su despacho.—Son disculpas, Max —dijo Arthur, entrando en la habitación con paso suave. Había recuperado su compostura habitual, esa máscara de encanto aristocrático que ayer se había resquebrajado—. Sé que perdí los estribos en el almuerzo. El estrés de la fusión... y ver a ese hombre, después de todo lo que te hizo... simplemente me cegó.Se acercó a ella por la espalda, envolviéndola en un abrazo. Maxxine se tensó imperceptiblemente. Ayer, ese contacto le habría parecido protector. Hoy, se sentía como los barrotes de una jaula dorada
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