Cuando Valentina abrió los ojos esa mañana, los rayos del sol se colaban con insolencia a través de las cortinas, bañando la habitación en un dorado cálido que acarició su rostro. Inconscientemente, una sonrisa se curvó en sus labios. En cualquier otra etapa de su vida, o quizás tan solo unas semanas atrás, se habría quejado, habría arrugado el entrecejo o se habría cubierto la cabeza con la almohada maldiciendo la luz por interrumpir su descanso. Pero hoy no.Esa luz significaba otro día más de vida. Otro día en el que, contra todo pronóstico, tenía un propósito, un refugio y la posibilidad de seguir sus sueños, incluso si estaba viviendo en una página de su historia que ella jamás había planeado escribir.Se estiró con pereza, sintiendo cómo sus músculos respondían con una vitalidad renovada, y se dirigió al baño. Mientras se cepillaba los dientes frente al espejo, su mente, traicionera y veloz, voló hacia el piso de abajo. ¿Estaría Declan todavía allí? ¿Se habría marchado ya a la c
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