Media hora después, el auto negro y blindado de Declan se deslizaba por las calles de la ciudad. Al volante iba Peter Sterling, un hombre alto, de tez blanca y ojos cafés amables, que le había abierto la puerta con una reverencia respetuosa que la hizo sentir como la realeza.
Y es que, incluso viniendo de un mundo donde la atención sobraba, todo sobre Declan era superior.
—Lléveme a la mercería más lujosa, por favor, Peter —había pedido ella.
—Por supuesto, señora. Estaremos allí enseguida.
El