Cuando Valentina abrió los ojos esa mañana, los rayos del sol se colaban con insolencia a través de las cortinas, bañando la habitación en un dorado cálido que acarició su rostro. Inconscientemente, una sonrisa se curvó en sus labios. En cualquier otra etapa de su vida, o quizás tan solo unas semanas atrás, se habría quejado, habría arrugado el entrecejo o se habría cubierto la cabeza con la almohada maldiciendo la luz por interrumpir su descanso. Pero hoy no.
Esa luz significaba otro día más d