A pesar de la mala noche y del dolor persistente en la zona lumbar, Declan Westerfield era una máquina de eficiencia cuando cruzaba las puertas de vidrio templado de su oficina. Se sentó tras su imponente escritorio de caoba, ignorando el pinchazo en su espalda cada vez que se acomodaba, y desplegó los planos del complejo hotelero en Asia. Sus ojos azules recorrían las líneas azules y blancas con precisión quirúrgica, buscando errores estructurales, calculando costos y márgenes de beneficio. Ne