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—Dios mío... ¿qué me está pasando? —gimió, sintiendo que la habitación empezaba a dar vueltas.

Una hora después, la puerta principal se abrió de golpe. Declan entró, empapado solo en los hombros, con el rostro marcado por la furia del tráfico y el cansancio.

—¡Luna! —llamó, dejando las llaves con brusquedad sobre la mesa.

La empleada apareció, visiblemente nerviosa.

—Bienvenido, señor.

—El tráfico es un infierno allá afuera. ¿Valentina está arriba? No la vi en la sala.

—Sí, señor... ella está e
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