Ese día, el estudio se convirtió en el lugar que necesitaba. Pasó horas organizando las compras, tocando las telas y dejando volar su imaginación. Las ideas brotaban en su cabeza como un torrente incontenible; bocetaba siluetas en el aire, combinaba colores mentalmente y sentía esa chispa eléctrica que creía apagada para siempre.
—Muy bien, Valentina, no lo has perdido... —se susurró a sí misma con una sonrisa victoriosa, acariciando el borde de su mesa de dibujo—. Todavía tienes esa magia.
Sin