Sin embargo, en cuanto cruzaron el umbral del penthouse y la puerta se cerró tras ellos, la burbuja de protección se rompió. Valentina, con el corazón aún desbocado y la calidez del beso quemándole los labios, se giró hacia él. El vestido rojo, que antes la hacía sentir empoderada, ahora le pesaba como una armadura incómoda.
—Declan, tenemos que hablar —soltó ella, con la voz un poco temblorosa pero firme—. Lo que pasó en el auto... ese beso... no puede volver a repetirse.
Él se detuvo en seco