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El aire allí era tan gélido que ella sentía el frío calar hondo. Eleanor Westerfield extendió su mano hacia Valentina, pero lo hizo con una rigidez tal que más que un saludo parecía una barrera defensiva. Sus dedos apenas rozaron los de la joven, y sus ojos, dos perlas de desconfianza, no se apartaron de los de ella ni un segundo. Silas, por su parte, estrechó su mano con una formalidad forzada, pronunciando su nombre y apellido como quien lee una sentencia judicial.

—La cena ya está servida. P
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