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Una vez dentro del auto, el silencio se rompió por el primer sollozo de Valentina. Fue un sonido desgarrador, el de alguien que ha aguantado demasiado peso durante demasiado tiempo. Se encogió en el asiento de cuero, cubriéndose el rostro con las manos mientras las lágrimas mojaban la seda roja de su vestido.

—Lo siento... lo siento tanto —articuló entre sollozos, con la voz rota—. Todo esto es mi culpa. Tus padres tienen razón... tienen razón en decir que soy una desvergonzada, que soy una cua
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