Valentina no permitió que las palabras de su hermana la hundieran más en el lodo. A pesar de que el suelo bajo sus pies parecía estar hecho de cristal roto, se obligó a sostener la mirada de Verónica. La rabia, antes una llama pequeña, estalló en su pecho como una supernova.
—No vas a ser como yo, Verónica —escupió Valentina, y su voz, aunque cargada de dolor, no tembló—. Puede que te corroa la envidia por las venas, que la sientas en cada respiración, pero eso no será suficiente para alcanzar