La cena oficial con los inversores japoneses era un campo de minas diplomático.La mesa del comedor principal se extendía como una pista de aterrizaje de caoba y plata. Lorenzo presidía la cabecera, impecable, regio.A su derecha, yo, la esposa trofeo con cerebro de tiburón. A su izquierda, Alejandro, el hijo pródigo que parecía haber envejecido diez años en diez días.El embajador Nakamura hablaba de aranceles portuarios con una lentitud ceremonial.—La eficiencia es clave —dijo Lorenzo, asintiendo—. Mi esposa ha optimizado los tiempos de carga en un treinta por ciento.Me sonrió. Era una sonrisa de propiedad, de orgullo corporativo. Extendió su mano sobre la mesa y cubrió la mía. Su palma estaba caliente, pesada.—Gracias, querido —respondí, entrelazando mis dedos con los suyos.Bajo la mesa, me quité el zapato de tacón izquierdo.Deslicé mi pie descalzo sobre la alfombra persa, buscando mi objetivo.Encontré el tobillo de Alejandro.Él dio un pequeño respingo, pero no miró abajo. S
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