La cena en la suite fue tranquila, casi doméstica, si ignorabas el hecho de que estábamos cenando bogavante termidor sobre sábanas de tres mil hilos porque yo seguía fingiendo estar demasiado débil para bajar al comedor.
Lorenzo había cumplido su palabra. Me había dado las contraseñas de sus cuentas personales en Suiza esa misma tarde. Una muestra de buena fe. O de desesperación.
—¿Te sientes mejor? —preguntó, sirviéndome una copa de agua con gas. El vino estaba prohibido por el "doctor".
—Un p