El comedor de la mansión Castillo estaba diseñado para banquetes de estado, pero esa noche solo servía un menú de odio frío.Tres cubiertos. Tres copas de cristal de Baccarat. Tres personas que se deseaban la muerte mutuamente, sentadas bajo la luz implacable de una araña de diamantes.El único sonido era el choque del metal contra la porcelana. Clink. Clink. Clink. Un ritmo monótono que taladraba los nervios.Lorenzo presidía la cabecera, cortando su filete con la precisión de un cirujano. Yo estaba a su derecha, vestida con seda negra, el collar de diamantes brillando en mi garganta como una advertencia.Y frente a mí, Alejandro.Estaba demacrado. La estancia en el hospital y la humillación de la boda lo habían consumido. No comía. Solo removía la comida con el tenedor, mirándome con ojos hundidos y febriles.—El vino es excelente, ¿verdad, querida? —dijo Lorenzo, rompiendo el silencio.No esperaba respuesta. Dejó su cuchillo, se limpió la boca con la servilleta de lino y extendió s
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