La notaría de la calle Velázquez olía a cera de sellos y a viejas fortunas.
Lorenzo estaba sentado frente al escritorio de caoba, con su pluma estilográfica Montblanc suspendida sobre el documento notarial.
El aire acondicionado zumbaba suavemente, pero yo podía ver una fina capa de sudor en su sien.
Quince por ciento.
Ese era el número mágico.
El paquete de acciones del Grupo Castillo que, según mi "demanda de seguridad emocional", debía pasar a mi nombre para garantizar que nunca más me senti