El restaurante Nox no tenía ventanas. Era una caverna de diseño en el sótano de un edificio industrial, iluminada solo por velas y luces ámbar tenues.Alejandro entró, mirando a su alrededor con curiosidad nerviosa.—Es... diferente —dijo, ajustándose el nudo de la corbata—. Esperaba el Ritz o el Horcher.—Lo predecible es aburrido, Alejandro. Y esta noche vamos a romper viejos hábitos.El maitre nos llevó a una mesa en una esquina, lo suficientemente apartada para tener intimidad, lo suficientemente visible para que yo pudiera ejecutar mi plan.Cuando el camarero llegó con los menús, no dejé que Alejandro tocara el suyo.—Pediremos el menú degustación de carne cruda —dije al camarero sin mirar la carta—. Y una botella de Barolo de 2010.Alejandro abrió la boca para protestar. Odiaba la carne poco hecha.—Elena, sabes que prefiero...—Pruébalo —lo corté, mirándolo fijamente a los ojos a la luz de la vela—. Confía en mis gustos. ¿O ya no confías en mí?La palabra "confianza" era su tal
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