El regreso a tierra firme fue silencioso.Apenas el Imperio atracó en Valencia, tomé un coche privado directo a mi ático en Madrid. Necesitaba distancia. Pero sabía que él vendría.A las dos de la mañana, el timbre sonó.Abrí la puerta. Alejandro estaba allí, empapado por una lluvia repentina, con los ojos rojos y el alma arrastrando por el suelo.—Elena... —su voz se quebró.Se dejó caer de rodillas en mi umbral, sin que yo se lo pidiera.—Perdóname. Por favor. Lo del barco... fui un estúpido. Estaba borracho, estaba celoso... no soporto ver cómo él te mira. Cómo te toca.Me aparté de la puerta, dejándolo entrar.—Levántate, Alejandro. Estás mojando mi suelo.Él entró, temblando, cerrando la puerta tras de sí. Parecía un niño perdido en el cuerpo de un hombre rico.—Te amo —sollozó, acercándose a mí—. Haré lo que sea para recuperarte. Lo que sea. Solo dime qué tengo que hacer. Quiero ser el hombre que necesitas.Me giré hacia él, cruzándome de brazos. Lo escaneé con frialdad. Era gu
Leer más