—¿Te sientes mejor?La sangre le corría por el rostro cuando lo dijo.No había reproche en su voz.Ni rabia.Solo esa calma inquietante que me hizo pensar, con total claridad, que Alexander estaba completamente demente.Lo miré sin saber qué decir.Tenía la ceja abierta, la nariz aún sangrando y el labio partido. Había manchas rojas en su camisa, en su cuello… incluso en el suelo del ascensor.Y aun así parecía… tranquilo.Alexander presionó el botón y las puertas del ascensor se abrieron.—Si ya terminaste —dijo con total normalidad—, sube al auto.Lo miré con incredulidad.—Te odio —susurré entre dientes. Las palabras salieron, pero ni yo misma creí en ellas.Alexander sonrió apenas. Una curva mínima en su boca.Antes de que pudiera apartarme, me sujetó el mentón entre sus dedos y me obligó a mirarlo a los ojos.—No me odias.Su voz fue baja. Segura. Como si lo supiera. Como si no tuviera ninguna duda.Soltó mi rostro y caminó hacia la salida.Cuando salimos del edificio, los guard
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