Cuando entré a mi habitación, lo primero que hice fue dejarme caer sobre la cama. Sentía el cuerpo pesado. No físicamente… era más bien todo lo que había pasado ese día acumulado en mi cabeza. Saqué el teléfono casi por inercia. Y ahí estaba, un mensaje de Marcos. > “Llegué bien. Todo en orden.” Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Una pequeña paz se acomodó en mi pecho. No completa, pero suficiente para no sentir que todo se desmoronaba. Más tarde, cuando la casa cayó en ese silencio que siempre tenía por las noches, me encontré pensando en el viaje al lago. Mika. Alexander. La idea de salir de la mansión. De respirar. De fingir, aunque fuera por un fin de semana, que mi vida no era este caos constante. Pero entonces apareció él. Leo. Mi hijo. Un nudo se formó en mi garganta. Me habría encantado llevarlo. Verlo correr cerca del agua, reír, ensuciarse… vivir como un niño normal. No escondido. No lejos de mí. La culpa me apretó el pecho. ¿Cómo podía siqu
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