Cuando finalmente me permitieron salir del hospital, sentía el cuerpo extraño. No solo por el tranquilizante, ni por la herida que aún tiraba cuando caminaba demasiado rápido. Era algo más profundo. El auto avanzaba por la ciudad mientras yo miraba por la ventana sin ver realmente nada. Alexander conducía en silencio. No preguntó nada. No intentó hablar. Y lo agradecí. Aunque no quería hacerlo, mi mente seguía regresando a esa habitación blanca. A la cama. A la cara arrugada de mi padre. Al final… no lo perdoné. Y probablemente moriría sin escuchar esa palabra de mi boca. Aunque conociéndolo, dudaba que realmente le importara. Había ido con la intención de escucharlo. Tal vez de cerrar algo que llevaba años abierto dentro de mí. Pero jamás imaginé que lo que encontraría sería una verdad tan cruda. No estaba preparada. Ni siquiera sabía si algún día lo estaría. Sentía el pecho pesado, como si alguien hubiera dejado una piedra dentro. Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía
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