EMELY.—Hacía siglos que no probaba algo así —dije después del primer bocado, cerrando los ojos por el placer del sabor—. A veces uno olvida estos placeres mundanos. La carne de ciervo está bien, pero esto... esto es gloria bendita.—La grasa y el azúcar tienen su encanto, no te lo voy a negar —rio Olivar, robándome una de mis papas fritas—. Es extraño estar aquí sentados, entre humanos, comiendo algo que viene en una caja de cartón. Me hacía falta desconectar de la formalidad—A mí también. Me hacía falta ser solo Emely comiendo una hamburguesa con su esposo, —le dije, dándole un trago largo a la soda helada—. Mira a esos dos —señalé a una pareja joven que discutía por el sabor de un helado—. Sus problemas son tan... normales.—Te daré la vida que te mereces, Emely —me dijo Olivar, mirándome con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo el ruido de la zona de comidas—. Sin guerras, sin encierros. Una vida donde lo más difícil sea elegir el color de un vestido.Le sonreí, deja
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