La fiesta seguía viva. Risas, música, copas que chocaban. Nadie parecía notar cómo Tomás y Alma se deslizaban nuevamente hacia el despacho, ni siquiera Laura, que no sospechaba lo que estaba sucediendo, ellos iban lento como si regresaran al único lugar donde el mundo podía detenerse.Esta vez, Tomás caminaba distinto. Los hombros encorvados, las manos temblorosas. Ya no había seguridad ni estrategia: solo miedo, parecía tan pequeño y vulnerable.Alma cerró la puerta detrás de ellos.—Tomás, puedes confiar en mí —dijo con suavidad—. Sigo aquí, contigo.Ella misma estaba abrumada. Su mente no dejaba de repetir una idea que le dolía aceptar: Tomás era un niño, solo, asustado, obnubilado por una mujer mayor que sabía lo que hacía. Y Laura… era mucho más perversa de lo que jamás imaginó.Tomás respiró hondo, como si cada palabra le costará una batalla.—Laura me dijo que no iba a tenerlo. Que no podía arruinar su vida, su relación con Esteban… ni la confianza de mi padre. Después desapa
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