El vuelo del ave heridaEl motor del auto de Alexander rugía, un reflejo del caos que bullía en su pecho. Justo cuando se disponía a cruzar el pórtico de la mansión, un sedán negro le bloqueó el paso. Era Arturo, su padre. Con un gesto firme, Arturo le indicó que se detuviera.Alexander bajó la ventanilla, exhalando un suspiro cargado de frustración. —¿A dónde vas con tanta prisa, hijo? —preguntó Arturo, acercándose al vehículo.—Al club, papá. Necesito aire, necesito silencio. Siento que las paredes de esta casa me están asfixiando —respondió Alexander, apretando el volante con fuerza.Arturo asintió con una sabiduría silenciosa. Conocía el nido de víboras en el que se había convertido su hogar. —Voy contigo. Necesitamos hablar, de hombre a hombre.Alexander no protestó. Su padre subió al asiento del copiloto y ambos se alejaron de la propiedad, dejando atrás el veneno de Victoria y Flor, sin imaginar que, al irse, dejaban la puerta abierta para que el destino de Elena cambiara para
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