El silencio de la sangre
La puerta de madera era la única barrera entre Elena y el veneno de sus padres. Apoyada contra ella, Elena sentía que las paredes se cerraban a su alrededor. Afuera, las voces de Leonor y Ernesto no cesaban; eran como cuervos graznando sobre una presa que aún no había caído.
—¡Hija, sé que no hemos sido los mejores padres! —gritó Leonor desde el otro lado, su voz filtrándose por las rendijas—. ¡Pero piénsalo con cabeza fría! Ese niño tiene su futuro asegurado con los Bl