La medianoche sobre la colina de los Santoro trajo consigo una niebla espesa y fantasmal que reptaba desde el bosque, engulliendo los jardines y difuminando los haces de luz de las cámaras de seguridad. En el ala oeste de la mansión, el silencio no era de paz, sino el preludio de una ejecución. El aire dentro de la propiedad se sentía cargado de estática, como si las paredes, que habían albergado décadas de secretos y experimentos crueles, supieran que la dinastía del terror estaba a punto de implosionar.En su habitación, Valeria no dormía. Vestía la misma ropa del día anterior y permanecía sentada al borde de la cama, con los ojos fijos en la puerta. Sus oídos, aguzados por días de encierro, detectaron un rumor inusual en el pasillo: el sonido sordo de un cuerpo cayendo contra la alfombra, seguido por el chasquido electrónico de la cerradura de su celda.La puerta se abrió despacio. Valeria se puso en pie de un salto, esperando ver la silueta imponente de Rafael o, en el mejor de su
Leer más