Los rayos iluminaron la ensombrecida escena con una violencia blanca y eléctrica, revelando por breves instantes la cartografía del horror que se había dibujado en la habitación real. No era una iluminación de guía, sino un parpadeo acusador del cielo que desnudaba la miseria humana en su estado más puro. En el centro de ese cuadro macabro, la mano de Edward tiritaba con una arritmia frenética, un espasmo de la carne que parecía intentar rebelarse, demasiado tarde, contra la voluntad ya quebrada de su dueño. De sus largos dedos, que en otros tiempos habían sido diestros en el manejo de la fina espada de gala para la protección de la corona, caían gotas tras gotas de aquel líquido carmesí. Era un rastro de sangre espesa y caliente que golpeaba el suelo de piedra con el ritmo metódico de un reloj de arena, marcando, con cada impacto sordo, el fin definitivo de una era de esperanza.Vio al niño. Rhomes, el heredero de una Inglaterra que se desangraba, el milagro que Catherine había parid
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