Mientras tanto, en las habitaciones privadas, Ángelo luchaba contra su peor enemigo: un traje ceremonial de seda pesada, bordado con hilos de plata, que le quedaba como una segunda piel.—Siento que esto no va conmigo, rebelde —refunfuñó Ángelo frente al espejo, ajustándose las mangas con fastidio—. Me siento un payaso disfrazado. ¿Y si mejor uso otra mierda? ¿Un traje normal, algo que no me haga parecer parte de una obra de teatro?Cassandra, sentada en un sillón cercano, estaba en pleno ataque de antojo: devoraba una combinación extraña de pepinos con helado de chocolate, sin prestarle mucha atención a su marido.—Angelo, basta —dijo ella, con la boca medio llena, sin levantar la vista—. Usarás ese traje y punto, tenemos que respetar las tradiciones de los Ling. Hazlo por nuestra hija Clara, que bastante difícil ha sido todo para ella.Ángelo se detuvo, mirándola con esa mezcla de frustración y derrota amorosa.—Ok, rebelde, está bien. No te enojes conmigo, solo te decía...Marco, q
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