Afuera, la noche de Nueva York se convirtió en un campo de batalla silencioso. Un convoy de bestias de acero se detuvo a quinientos metros. Ángelo, la Legión, los franceses y los Sakura avanzaban como una marea de muerte.En la camioneta de asalto, Wei mantenía la vista fija en la bodega, pero sus sentidos estaban alerta. Un rastro dulce, una esencia familiar de flores y vainilla, llegó a su nariz. Clara. Su perfume lo delataba. Wei cerró los ojos un segundo; sabía que estaba ahí oculta, pero en lugar de sacarla, apretó su arma. El instinto de protegerla se mezcló con la furia del combate. La dejó estar, sabiendo que si la sacaba ahora, la expondría más.Kai entró en la habitación. Cassandra estaba allí, vulnerable, en ropa interior, con las muñecas atadas a la cabecera. El miedo era una llama viva en sus ojos, pero su orgullo seguía intacto.—Vaya, Ángelo sí que tiene joyas escondidas —siseó Kai, acercándose para besarle el cuello con brusquedad.—¡AYUDA! ¡ÁNGELOOO! —gritó ella, un g
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