Capítulo 75. Cuando los muertos respiran
Sophia era una sombra. Willian la observaba desde su escritorio, con el corazón encogido, mientras ella cometía errores técnicos que un pasante habría evitado. La veía sobresaltarse cada vez que el teléfono sonaba o cuando alguien pronunciaba un nombre que empezaba por "I". Pero lo peor eran las noches. Sophia despertaba gritando, empapada en sudor, asegurando que los ojos de Isabel la observaban desde las esquinas oscuras de la habitación.—No puedo más, Sophia —le dijo Willian una tarde, mientras ella intentaba, por quinta vez, organizar unos folios con las manos temblorosas—. Estás desapareciendo. Tienes que hablar con Julian, o tenemos que buscar ayuda.—¡No! —el grito de Sophia fue agudo, casi un estallido—. Si mi padre se entera, se romperá, Willian.Willin guardó silencio, pero su mandíbula se apretó. Vio cómo Sophia se abrazaba a sí misma, meciéndose levemente, una señal clara de que estaba al borde de un colapso nervioso. Entendió que, si no hacía algo, la perdería en el labe
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