Capítulo 73. Cenizas frías y mentiras vivas
Eleanor entró en el salón como una ráfaga de viento gélido, trayendo consigo el aroma a lluvia y el caos de la ciudad. Su abrigo de paño, desabrochado y goteando ligeramente sobre el mármol, ondeaba con cada uno de sus pasos decididos. Tenía el cabello desordenado por la humedad, pero eran sus ojos los que dictaban la temperatura de la habitación: estaban encendidos, fijos en un punto invisible de furia pura, una mirada que Julian conocía bien y que, en cualquier otro momento, habría despertado