Saqué del bulto el pequeño corrector. Era ridículamente caro, el tipo de lujo que una estudiante como yo no se permitía, no porque no podía encontrar ochenta y ocho dólares, sino que no era una cantidad que invertiría en algo tan pequeño. Lo que más me chocaba de esto no era el precio, era el hecho de que se hubiera tomado la molestia de comprar con exactitud lo necesario para ocultar su ¡propio rastro! en mi piel. Me revolvía el estómago.Tomé mi teléfono para llamarlo y gritarle por haberse aparecido en mi espacio de clases, para exigirle y decirle que ya estaba harta de él y que ya era hora de que me dejara en paz, pero mis dedos quedaron al aire cuando recordé que no tenía su número. De pura suerte tenía el de Ryan porque, aunque por mí nunca intenté pedírselo, por el bien de mi amiga, ya que me había empujado a hacerlo para pasárselo de vuelta, lo tenía. Pero por supuesto no podía pedirle a Ryan el número de Eiden. Jamás.—Cómo te odio, idiota.Apreté los labios luego de maldecir
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