El auto se detuvo frente a la casa principal de la Manada de Hierro.Es el momento de la verdad, espero estar lista.Había olvidado que esa mansión era imponente, sólida, construida en piedra oscura y madera antigua, como si hubiese crecido junto al bosque. Las luces exteriores estaban encendidas, iluminando el camino de entrada… y a las personas que esperaban.En fila, respetuosos, firmes.Sebastián estaba al frente. A su lado, Kiki. Detrás de ellos, las otras empleadas de la casa, todas con la cabeza inclinada, aguardando.Kael descendió primero del vehículo.En el instante en que sus botas tocaron el suelo, todos se inclinaron en una reverencia profunda.—Bienvenido a casa, Alfa —dijeron casi al unísono.Kael levantó una mano.—Gracias. Pueden incorporarse. No es necesario que me reciban así... No lo merezco y hay trabajo que hacer.Lysandra bajó después, un poco más despacio. El peso del momento le cayó encima de golpe: todas esas miradas, no de juicio, sino de expectativa… de esp
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