Los Ardenne regresaron al anochecer.El auto no tan lujoso ya, se detuvo frente a la mansión familiar, y bastó una sola mirada para saber que algo estaba mal. Las luces interiores estaban encendidas, pero de un modo antinatural. Una ventana rota colgaba como una herida abierta. La puerta principal estaba apenas entreabierta.—No me gusta esto… —murmuró Lilian Ardenne, aferrándose al brazo de su esposo.—Tengo miedo, Daniel...llamemos a la policía....no entremos por favor...—No me toques, maldición... ¿Qué es esto? ¿Quién hizo esto?Daniel Ardenne descendió primero, con el ceño fruncido. Leon, unos pasos detrás, observaba en silencio, tenso.Al entrar, el panorama fue devastador.La casa estaba completamente desordenada. Muebles volcados, sillones destripados, vajilla rota contra el piso de mármol. Un espejo antiguo, reliquia familiar, yacía hecho añicos. El lugar olía a polvo… y a violencia reciente. Si antes podían decir que tenían poco, hoy podían decir con seguridad que no les qued
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