Cuando Talia llegó a la Manada de Hierro, todo era nuevo para ella: los senderos marcados con antorchas, las miradas curiosas, el murmullo constante de jerarquías y alianzas que apenas comprendía. Venía de un territorio pequeño, sin grandes títulos ni intrigas. Aquí, en cambio, cada gesto parecía tener peso político. Había encontrado un trabajo modesto en el mercado de frutas, era trabajadora, pero en el fondo quería mucho más que eso.Estaba cansada de ser parte del escalon más bajo.Una tarde, el alfa visitó el lugar, apenas podía mantenerse en pie. Compró mucha fruta, parecía que era algo que lo alegraba y le gustaba demasiado. Allí sus miradas se cruzaron, él no la olvidó... de hecho se obsesionó con ella, aunque no era su mate.La loba sintió que veía una pequeña luz al final de esa vida tan simple.En el centro de todo siempre estaba el alfa.Al menos, eso creía ella.Había sido él quien la recibió en la mansión aquella primera noche, la mandó llamar. Alto, dominante, con una se
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