El despertador sonó a las cinco y cuarto.Valerie ya estaba despierta.Llevaba despierta desde las cuatro y media, mirando el techo con los ojos abiertos y la lista del día ordenada en la cabeza como si fuera un inventario: levantarse, preparar biberones, esperar a Rosa, llegar a la parada antes de las cinco cincuenta y cinco, no llegar tarde el primer día, no llegar tarde el primer día, no llegar tarde el primer día.Se levantó sin hacer ruido.Los trillizos dormían. Los tres. Ese milagro de sincronía que a veces ocurría y que Valerie había aprendido a no dar por sentado nunca porque podía romperse con cualquier cosa: un ruido, una luz, el instinto de uno de ellos de decidir que las tres de la mañana era buen momento para existir en voz alta.Fue a la cocina de puntillas.Preparó tres biberones. Los dejó en la nevera con una nota pegada encima:
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