El amanecer en el Distrito 4 no trajo esperanza, sino una neblina grisácea que olía a azufre y metal. Mia se miró al espejo roto del baño. Se colocó una peluca castaña, se pintó los labios de un rojo oscuro que no le pertenecía y se puso unas gafas de sol que ocultaban sus ojos cansados. Necesitaba salir. Antonio era demasiado reconocible, incluso herido, pero ella todavía podía pasar por una sombra más en la burocracia de la ciudad. Su destino era el Archivo Central del Registro Civil, un edificio monumental de la era soviética donde el papel y el polvo eran los reyes. Allí, entre laberintos de estanterías que llegaban al techo, trabajaba Sofía, su hermana menor. Sofía era lo opuesto a Mia: pragmática, miedosa y profundamente leal a las reglas, hasta que la vida de su familia se puso en juego. Cuando Mia entró en la oficina de Sofía, el aire pareció detenerse. Sofía levantó la vista de su terminal de computadora y, por un segundo, no reconoció a la mujer que tenía enfrente. Pero c
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