AdriToc, toc. Llamé a la puerta de Diego con cautela.—Adelante —respondió su voz grave desde dentro.El estómago se me dio la vuelta de los nervios y abrí la puerta. Diego estaba solo, sentado tras su escritorio. Alzó la mirada y se encontró con la mía.—¿Querías verme? —Sí, siéntate, por favor.Me dejé caer en la silla y entrelacé las manos con tanta fuerza que se me pusieron los nudillos blancos.Sus ojos no se apartaban de mí. —¿Cómo estás?—Bien, gracias —bajé la mirada al escritorio. No iba a mirarle a los ojos. Tenía esos malditos ojos azules hipnóticos, como la serpiente de El libro de la selva: una mirada y las bragas al suelo.—Mírame, por favor —ordenó.—¿Qué quieres, Diego? —repliqué, cortante—. No tengo tiempo para tus juegos. —Quiero que me mires.Levanté la vista a regañadientes.—¿Por qué no quieres mirarme? Lo observé unos segundos. —Porque tu cara me resulta muy……golpeable.Sonrió de lado y se recostó en la silla, claramente divertido.—¿Ah, sí?
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