Adri—Oh… —balbuceé, nerviosa—. Solo… nos encontramos por ahí, eso es todo.Diego levantó una ceja, claramente poco impresionado.—Oh, no seas tímida, Rojas. Nos llevamos de maravilla —dijo Óscar, el imbécil.Sentí cómo se me drenaba la sangre del rostro. Solo cállate, por favor.Me giré hacia Diego, esperando cambiar de tema.—¿Quería verme, señor?—Sí. —Sus ojos flotaron hacia Óscar—. Quiero saber qué pistas tienes, señor Peters.—Llámame Óscar —dijo él.Diego lo fulminó con la mirada, pero permaneció en silencio. Maldita sea. Esto era incómodo. Apreté mi bloc con fuerza hasta que me dolieron los nudillos. ¿Por qué tenía que decir que habíamos salido juntos?No habíamos salido juntos. Sentí cómo empezaba a sudarme la cara.—Vaya al grano —gruñó Diego.—Bueno… estoy siguiendo algunas pistas, nada concreto aún. Apenas estamos comenzando.—¿Apenas comenzando? —repitió Diego—. ¿Es consciente, señor Peters, de la importancia de resolver esto con rapidez?—Sí, señor, pero…—No hay peros —
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