AdrianaDesperté en la oscuridad; el resplandor lejano de las luces de la Ciudad de México se filtraba por la habitación a través de las ventanas sin cortinas. Era tarde… o temprano. Mi cuerpo estaba pesado, satisfecho, todavía tibio por el calor de la noche anterior. “Alrededor de las cuatro de la mañana”, pensé, dejando que la realidad se acomodara poco a poco en mi mente. No habíamos cerrado las cortinas antes de dormir. No habíamos hecho muchas cosas antes de dormir.Qué noche.Nos habíamos devorado el uno al otro hasta que no quedó nada. Como si el mundo exterior hubiera dejado de existir y solo quedáramos nosotros dos, respirando el mismo aire, perdiendo la noción del tiempo. Había sido hambre, urgencia, algo más profundo que el simple deseo.Lo observé mientras yacía boca arriba, exhausto, dormido. El ritmo lento de su pecho me resultaba hipnótico. Tenía el ceño relajado, el cabello revuelto, el cuerpo todavía marcado por lo que habíamos sido el uno para el otro horas antes. No
Leer más