Capítulo 3: Vieja Sangre 

La mansión de los Lobos de Sangre no estaba diseñada para ser acogedora, sino para intimidar. Todo era madera oscura, techos altos que se tragaban la luz y un silencio que pesaba.

En el comedor principal, tres personas se sentaban a una mesa lo suficientemente larga para veinte. No había ni un solo gramo de plata a la vista. Los cubiertos eran de oro blanco macizo y los platos de cerámica negra importada. La plata quemaba la piel de un lycan al contacto, y Valeria Rozen no toleraba errores de etiqueta, mucho menos los que podían matar a sus invitados.

Valeria, la matriarca, cortó su filete —apenas cocinado, sangrando sobre la cerámica— con una precisión quirúrgica.

—Tu apetito parece... disminuido, Dante —dijo ella sin levantar la vista.

Al otro lado de la mesa, Dante Volkov, el líder de los Crecientes empujó su plato con desdén. Dante era un hombre que ocupaba mucho espacio; ancho de hombros, ruidoso al respirar, vestido con un traje caro que parecía a punto de estallar por las costuras.

—Se me quitó el hambre cuando vi el informe de esta mañana, Valeria —gruñó Dante. Bebió un trago largo de vino tinto—. El chico del callejón. El que salió en todos los vídeos antes de que el gobierno limpiara el desastre. Era mío. Un Creciente.

Valeria dejó los cubiertos sobre la mesa con un tintineo suave.

—Lo sé. Un tal... Petrov, ¿verdad? Linaje débil. Mezclado.

—Era leal —replicó Dante, golpeando la mesa con un dedo grueso—. Y no era débil. Llevaba sus dosis al día. Sus inhibidores (esas cápsulas químicas obligatorias que bloquean la hormona de la transformación para que podamos vivir sin arrancar cabezas) estaban en su sangre. Los forenses de los Garras lo confirmaron.

—Entonces los inhibidores fallaron —dijo una tercera voz, temblorosa, desde el centro de la mesa.

Era Adrik Rozen, el heredero. El hijo de Valeria.

Adrik era la imagen de la perfección genética que los Lobos de Sangre adoraban: alto, pálido, de rasgos afilados. Pero esa noche, sus manos temblaban tanto que había optado por no tocar su copa para no derramarla.

—No hables si no vas a aportar soluciones, Adrik —le cortó su madre con frialdad.

—Tiene razón —insistió Dante, mirando al muchacho con una mezcla de curiosidad y desprecio—. La química está fallando. Y si mis soldados empiezan a transformarse en mitad de la calle sin previo aviso, mis negocios se van al infierno. Y si mis negocios caen, Valeria, tu preciosa "red de influencia" se queda sin financiación.

Valeria se limpió la comisura de los labios con una servilleta de lino.

—Por eso estamos aquí, Dante. Por eso vamos a unir nuestras casas.

La propuesta flotó en el aire denso del comedor. Una alianza matrimonial. La hija de Dante, Katia, con el hijo de Valeria, Adrik. La fuerza bruta y el dinero de los Crecientes, legitimados por el linaje antiguo y el prestigio de los Lobos de Sangre.

—Mi hija es fuerte —dijo Dante, evaluando a Adrik como quien compra un caballo—. No sé si tu chico aguantará el ritmo de una mujer Creciente.

—Mi hijo es pura sangre —respondió Valeria, y por un segundo, sus ojos brillaron con un destello ámbar—. Su control es absoluto. Él no necesita pastillas baratas para comportarse.

—¿Ah, ¿no? —Dante sonrió, mostrando demasiados dientes—. Entonces, ¿por qué está sudando?

Todas las miradas se volvieron hacia Adrik.

El joven estaba pálido, con una fina capa de sudor en la frente. Sus pupilas se dilataban y contraían rítmicamente, como si estuviera escuchando una música que nadie más podía oír.

Adrik no estaba escuchando a su madre ni a Dante. Estaba escuchando el zumbido. Ese ruido agudo, como una uña arañando un cristal dentro de su cerebro, que llevaba días atormentándole. La "Resonancia".

—Estoy bien —mintió Adrik, apretando los puños bajo la mesa hasta clavarse las uñas—. Solo hace calor.

—El trato sigue en pie —dijo Valeria rápidamente, desviando la atención—. Anunciaremos el compromiso en la próxima Luna Nueva. Eso calmará a las familias menores. Verán que estamos unidos. Que hay control.

Dante se levantó, haciendo crujir la silla.

—Más te vale, Valeria. Porque tengo a un chico muerto, o desaparecido en algún agujero negro del gobierno, y a mis tenientes nerviosos. Si los inhibidores (esa maldita droga que nos mantiene cuerdos) ya no sirven, necesitamos algo más fuerte que una boda bonita. Necesitamos orden.

El líder de los Crecientes se inclinó sobre la mesa, invadiendo el espacio personal de la matriarca.

—Resuelve lo de tu hijo. Si se transforma en el altar, yo mismo le cortaré la garganta. No tolero la debilidad.

Dante salió del comedor sin despedirse, seguido por dos guardaespaldas que esperaban en las sombras. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a caer sobre la mesa de oro y cerámica.

Valeria se giró lentamente hacia su hijo. La máscara de frialdad se rompió solo un poco, dejando ver miedo puro.

—¿Lo has oído, ¿verdad? —susurró ella, refiriéndose al ruido invisible, no a Dante—. ¿Cuánto tiempo llevas aguantándolo?

Adrik levantó la vista. Tenía los ojos inyectados en sangre.

—Es cada vez más fuerte, madre —confesó, con voz rota—. Los inhibidores no lo paran. Es como si... como si alguien me estuviera llamando.

Valeria se puso de pie y apagó la luz principal, dejando el comedor en penumbras.

—Entonces tendremos que encontrar quién está llamando —dijo ella, caminando hacia la salida—. Antes de que los Crecientes se den cuenta de que el linaje perfecto también se puede romper.

El momento de confesión se rompió con el sonido de neumáticos triturando la grava de la entrada. No era el motor de un deportivo, ni el sedán de un chofer privado. Era el rugido pesado, diésel y blindado de quien no pide permiso para entrar.

Las luces de unos faros de alta potencia barrieron las cortinas del comedor, iluminando por un segundo el rostro aterrorizado de Adrik.

Arthur, el mayordomo, entró en la sala. No parecía asustado, sino profundamente ofendido, como si alguien hubiera tirado basura en la alfombra persa.

—Señora Rozen —anunció, con la voz tensa—. La secretaria de Estado, Evelyn Sterling, está en el vestíbulo. Sus hombres han bloqueado la salida del Señor Volkov. Insiste en hablar con ambos. Ahora.

Dante volvió a entrar en el comedor antes de que Valeria pudiera responder. Ya no parecía un empresario aburrido. Se había quitado la chaqueta del traje y se estaba remangando la camisa, dejando ver los antebrazos gruesos como troncos y cubiertos de cicatrices viejas.

—Han traído escolta de la DAE (División de Asuntos Especiales) —dijo Dante, escupiendo las siglas—. He contado tres furgonetas tácticas. Parece que a Washington se le ha acabado la cortesía.

—Que entre ella sola —ordenó Valeria, recuperando su máscara de hierro en un parpadeo. Hizo un gesto a Adrik para que desapareciera por la puerta de servicio. El chico no necesitó que se lo dijeran dos veces—. Si veo un solo uniforme táctico o un arma larga dentro de mi casa, Arthur, entenderé que el alto el fuego ha terminado.

Un minuto después, las puertas dobles se abrieron de par en par.

Evelyn Sterling entró caminando rápido, sacudiéndose la lluvia de una gabardina beige barata. No tenía el porte de los aristócratas de la sala, pero tenía la mirada cansada y peligrosa de alguien que firma órdenes de ejecución desde un escritorio.

No esperó a que la invitaran a sentarse. Tiró una carpeta húmeda sobre la mesa de cerámica negra, justo entre los dos Alphas.

—Tres incidentes en cuarenta y ocho horas —soltó Sterling sin preámbulos. Su voz era ronca, de fumadora—. Mis equipos de limpieza digital están haciendo horas extra borrando videos de servidores espejo en Asia. El presidente quiere saber por qué demonios estamos desviando fondos para encubrirlos si ustedes son incapaces de mantener a sus perros atados.

Dante dio un paso adelante. El suelo de madera crujió bajo su peso.

—Cuida tu tono, Evelyn. No estás gritándole a tus becarios en el Despacho Oval.

—Y tú no estás en posición de exigir respeto, Volkov —replicó ella, sosteniendo la mirada del lobo, aunque las manos le temblaban ligeramente—. Sabemos que los inhibidores no funcionan. La D.S.B. (la unidad de riesgos biológicos) encontró trazas químicas activas en la sangre del chico que tuvimos que abatir en Cold Harbor. Si la droga falla, el Tratado es papel mojado. Y si el Tratado cae, la orden no será "contener". Será "sacrificar".

Valeria se movió. Fue un desplazamiento fluido, silencioso, rodeando la mesa hasta quedar a un metro de la funcionaria.

—Siéntese, secretaria.

No fue una invitación. Fue una orden dicha con una voz que vibraba en el pecho. Sterling, por puro instinto de supervivencia, se quedó quieta.

—Creo que usted y su gobierno tienen un error de concepto fundamental —dijo Valeria, sirviéndose una copa de vino con una calma que helaba la sangre—. Creen que nos escondemos en estas mansiones y firmamos sus papeles porque les tenemos miedo a sus tanques y a sus drones.

—Tienen motivos para tenerlo —respondió Sterling, aunque sonó menos segura.

—No —intervino Dante. Se colocó al lado de Valeria, formando un muro de violencia contenida. Por primera vez en la noche, Sangre y Creciente eran un solo frente—. Nos escondemos porque elegimos no ser el problema.

Dante se inclinó hacia la mujer, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo oler el tabaco y la sangre cruda en su aliento.

—No nos confundas con los vampiros, Evelyn. No somos esos cadáveres parásitos que se arrastran por las alcantarillas, chupan bolsas de sangre de hospital y se hacen ceniza si les da el sol. Nosotros no somos una plaga. Somos depredadores alfa.

Valeria asintió, tomando un sorbo de su copa.

—Si aceptamos la paz, no fue para que ustedes nos perdonaran la vida. Fue para que nosotros no tuviéramos que gobernar sobre las cenizas de su mundo. Nuestra paciencia ante la intimidación de la DAE tiene un límite, Secretaria. Y ver luces rojas en mi jardín me acerca mucho a ese límite.

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el repiqueteo de la lluvia contra los cristales blindados. Sterling miró a los dos líderes. Entendió, tal vez por primera vez, que la burocracia no la protegería si decidían cerrar la puerta con llave.

—¿Es una amenaza? —preguntó ella en voz baja.

—Es una corrección —dijo Valeria—. Arreglaremos el problema de los inhibidores. No por miedo a sus brigadas de limpieza, sino porque el orden nos beneficia. Pero dígales a sus superiores que, si vuelven a amenazarnos en nuestra propia casa, descubrirán por qué las leyendas sobre nosotros duraron tanto tiempo.

Sterling recogió su carpeta. Sabía cuándo retirarse.

—Tienen una semana —dijo, dando media vuelta hacia la salida—. Si aparece otro video en internet, no enviaré a un diplomático. Enviaré a los escuadrones.

Cuando la puerta se cerró y los motores de los blindados se alejaron, la mansión volvió a quedar en silencio.

Dante cogió la botella de vino de la mesa y bebió directamente de ella, ignorando las copas de oro blanco.

—Tienen miedo —gruñó, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Tienen pánico —corrigió Valeria, mirando la oscuridad del exterior—. Y eso los hace peligrosos. Pero ahora tenemos un problema mayor, Dante. Si el gobierno sabe que la química falla, es cuestión de días antes de que intenten una purga preventiva.

Valeria se giró hacia donde había huido su hijo.

—Necesitamos respuestas. Y si Kogan Crowe es tan bueno como dicen los rumores de la calle, más vale que encuentre qué demonios es esa "Resonancia" antes de que se nos acabe la semana.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP