Mundo ficciónIniciar sesión
Olvídate de los cuentos. Olvídate de los castillos en ruinas, de la niebla perpetua en los páramos y de las bestias que aúllan a la luna desde la cima de una montaña solitaria. Eso era antes. Eso era cuando el mundo era grande y oscuro, y había sitios donde esconderse.
Hoy, el mundo es brillante, ruidoso y está cubierto de cámaras.
Nuestra historia no empieza en un bosque, sino en una sala de juntas, en el sótano de una discoteca o en un solar abandonado donde el precio del suelo vale más que la sangre derramada sobre él. Hemos cambiado las cuevas por áticos y las pieles por trajes a medida, pero el hambre sigue siendo la misma.
Nos llaman "Familias". Suena civilizado, ¿verdad? Como si nos reuniéramos los domingos para comer. Pero es una mentira piadosa para no decir lo que realmente somos: una red de supervivencia. Un pacto de silencio firmado con miedo.
Están los Lobos de Sangre, allá arriba en sus mansiones, obsesionados con quién se casa con quién, mirando a sus hijos como si fueran caballos de carreras, buscando la pureza en un mundo mestizo. Son la vieja aristocracia, aferrándose a un trono que ya nadie respeta.
Están los Garras de Plata, los que visten corbata y sonríen en la televisión. Ellos no te arrancan la garganta; te demandan, te compran, te arruinan. Son los árbitros, los que mantienen la paz... o al menos, los que limpian la sangre antes de que la policía llegue.
Luego tienes a los Crecientes. Si ves una grúa construyendo un rascacielos nuevo, probablemente sea suyo. Son el dinero nuevo, el hambre insaciable. Para ellos, no somos una especie mística; somos una empresa en expansión. Y a los empleados que no rinden, se les elimina.
Y en los márgenes, donde las luces de la ciudad no llegan, están los Grim Fang. Los rotos. Los que no tienen apellido ni protección. Los que nos recuerdan que, si das un paso en falso, si pierdes tu familia, no eres nada más que un perro callejero.
Todo esto funcionaba. Más o menos. Era un equilibrio tenso, sostenido por una sola regla sagrada: nadie debe saber.
Pero los humanos han cambiado. Ya no cazan con antorchas. Cazan con teléfonos móviles. Cazan con algoritmos que detectan anomalías en los vídeos de seguridad. El mundo se ha vuelto demasiado pequeño para monstruos como nosotros. Las grietas en nuestro sistema se están abriendo, y por ellas se cuela la luz fría de la verdad.
Por eso, algunos han empezado a desempolvar la vieja leyenda.
El Alfa Verdadero.
Dicen que vendrá alguien que no necesitará pactos ni abogados. Alguien cuya voz no será una orden, sino una ley natural, como la gravedad. Dicen que unirá a las familias, que nos salvará de la extinción, que traerá una nueva era. Los Hijos de la Luna rezan por ello; los Crecientes afilan sus cuchillos para matarlo en cuanto aparezca.
Pero la mayoría de nosotros sabemos la verdad. No esperamos un salvador. Solo esperamos que, cuando todo se derrumbe —y se derrumbará—, haya alguien capaz de mantenerse en pie entre los escombros.
Porque la luna llena está saliendo sobre los rascacielos. El wifi conecta cada rincón de la ciudad. Y el silencio está a punto de romperse.
Escucha. Ese no es el viento. Es el eco de lo que fuimos, tratando de sobrevivir a lo que somos.







