Mundo ficciónIniciar sesiónKogan Crowe sabía a qué olía el pánico antes de doblar la esquina. Olía a ozono, a bilis y a ese almizcle denso y caliente que sueltan los lobos cuando pierden la cabeza.
Estaba en el distrito de los almacenes, esa zona gris donde la ciudad fingía regenerarse con cafeterías de especialidad incrustadas entre edificios condenados. Eran las tres de la mañana. La niebla bajaba sucia desde el río, pegándose a la ropa como una segunda piel húmeda.
Kogan no corrió. En su línea de trabajo, correr llamaba la atención, y la atención era justo lo que intentaba evitar. Caminó con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero, contando mentalmente los segundos entre los aullidos que rebotaban en el callejón.
Uno. Dos. Tres.
Un grito humano cortó el aire. No de dolor, sino de terror puro.
Cuando Kogan entró en el callejón, la escena ya estaba rota. Un chico —no tendría más de diecinueve años, probablemente un Creciente novato que había mezclado alcohol con la luna equivocada— se retorcía en el suelo. Sus huesos crujían con ese sonido húmedo y repugnante, como madera verde partiéndose, mientras su mandíbula se desencajaba para dar paso al hocico.
Lo peor no era la transformación. Eso pasaba. Los chicos se saltaban las dosis de los inhibidores y el instinto ganaba. Lo peor era la pareja de turistas arrinconada contra el contenedor de basura. Y el verdadero desastre era lo que el hombre sostenía en la mano.
Un teléfono. Grabando. La luz roja del vídeo parpadeaba como un ojo acusador en la oscuridad.
—¡Hey! —la voz de Kogan no fue un rugido, fue una orden seca—. ¡Baja eso!
El turista no lo bajó. Le temblaban las manos, pero la lente seguía fija en el chico, que ahora era una masa de pelo negro y carne estirada, soltando vaho y gruñidos agónicos.
Kogan maldijo por lo bajo. La bestia se alzó, enorme, confusa, con los ojos inyectados en sangre reflejando las luces de neón de un cartel lejano. El lobo miró a los turistas. El turista siguió grabando.
Kogan se interpuso entre la bestia y el teléfono.
—Mírame a mí —dijo, usando ese tono bajo que había aprendido en los barrios de Grim Fang. Clavó sus ojos en los del lobo descontrolado—. Mírame, imbécil. Si atacas, sales en las noticias de las seis. Si huyes, los Garras te cazan. Si te quedas quieto, tal vez vivas.
El lobo gruñó, bajando las orejas. Estaba aterrorizado. Era solo un niño asustado pilotando un tanque de carne y garras.
Entonces, el teléfono del turista emitió un pitido. El lobo se abalanzó.
Kogan no se transformó. No le dio tiempo, y tampoco quería darle más espectáculo a la cámara. Sacó la porra extensible que llevaba en el cinto —acero reforzado, pesado, reglamentario— y golpeó. El impacto contra el costillar del lobo sonó seco. La bestia chilló, resbaló en el asfalto mojado y chocó con la pared de ladrillo, aturdida pero furiosa.
Kogan se giró hacia el turista. Ya no había diplomacia en su cara.
—Dame el teléfono.
—¡Esa cosa es un monstruo! ¡Tengo derechos, voy a llamar a la policía!
—Ya vienen —dijo Kogan con cansancio—. Y créeme, prefieres dármelo a mí que a ellos.
Como si hubiera sido convocado, el destello de luces azules inundó la entrada del callejón. Pero no hubo sirenas. Nunca había sirenas cuando se activaba el Protocolo 4.
Dos patrullas frenaron en seco. De ellas no bajaron policías novatos con la mano en la funda. Bajaron cuatro agentes con uniformes tácticos oscuros, sin placas visibles. Se movían con una eficiencia aburrida, como si estuvieran recogiendo basura y no evidencias sobrenaturales.
El que parecía estar al mando, un sargento con cara de pocos amigos llamado Miller, se acercó a Kogan. No se apuntaron. Se conocían.
—Llegas tarde, Crowe —dijo Miller, mirando al lobo que empezaba a recuperar la consciencia en el suelo. Dos de sus hombres ya estaban encima de la bestia, inyectándole un sedante en el cuello con precisión quirúrgica.
—El tráfico estaba terrible —respondió Kogan, guardando la porra—. Tienen el vídeo.
Señaló a los turistas. Miller asintió, una sola vez. Se giró hacia la pareja aterrorizada con una sonrisa que no llegaba a los ojos, sacando una placa que no pertenecía a ninguna comisaría local, sino a una agencia federal de tres letras.
—Caballeros, soy el agente Miller. Vamos a necesitar confiscar ese dispositivo por seguridad nacional. Hubo una fuga de gas alucinógeno en la zona. Todo lo que creen haber visto es un efecto secundario.
—Pero... ¡era un lobo! —gritó el turista, aferrándose al móvil.
Miller le quitó el teléfono con un movimiento suave pero firme, mientras otro agente les pasaba un brazo por los hombros para guiarlos a la furgoneta negra.
—Claro que sí, señor. Un lobo muy grande. El equipo médico se encargará de que se sientan mejor en un par de horas. No recordarán ni el frío.
Kogan observó cómo se llevaban a los testigos. El Tratado en acción. El gobierno limpiaba las mentes y las redes; las Familias limpiaban las calles. Un equilibrio perfecto basado en mentiras.
Miller se volvió hacia Kogan y le tendió un cigarrillo.
—Es el tercero esta semana, Crowe. Los de arriba están nerviosos. El alcalde está preguntando si vuestro famoso "control interno" sigue funcionando o si tenemos que renegociar los términos.
Kogan aceptó el cigarrillo, aunque no lo encendió.
—Dile al alcalde que duerma tranquilo. Es solo una mala racha.
—Más te vale —Miller señaló al chico lobo, que ahora era arrastrado inconsciente hacia una furgoneta blindada sin logotipos—. Porque si estos vídeos empiezan a filtrarse en servidores que no podemos borrar... se acabó la tregua. Y tú sabes quiénes serán los primeros en caer.
Las patrullas se fueron tan rápido como habían llegado, llevándose al chico, a los turistas y la evidencia. El callejón volvió a quedar en silencio, solo con el olor a ozono y tabaco sin encender.
Kogan sacó su propio móvil. Tenía un mensaje. Número oculto. Marcus Hale, de los Garras de Plata.
«Lo vimos. Pásate por la Torre. Tenemos que hablar de tu definición de "discreción".»
Kogan guardó el teléfono y miró al cielo, donde la luna se ocultaba tras las nubes de contaminación. Miller tenía razón. El sistema no solo tenía grietas; se estaba cayendo a pedazos, y el gobierno estaba perdiendo la paciencia.
—Mala racha —murmuró para sí mismo, tirando el cigarrillo al suelo mojado.
Sabía que no era verdad. La guerra estaba empezando.







