El Despacho Oval olía a café quemado y a miedo. No al miedo animal y sudoroso de los callejones, sino a ese miedo frío y aséptico de los hombres que tienen el poder de acabar con el mundo, pero no saben cómo salvarlo.
Afuera, Washington D.C. dormía bajo la lluvia. Adentro, seis personas gritaban a la vez.
El Presidente de los Estados Unidos estaba sentado tras el escritorio Resolute, frotándose las sienes. A su alrededor, los tiburones olían sangre.
—¡Es una amenaza de seguridad nacional de