Mundo ficciónIniciar sesiónEl ascensor subía tan rápido que los oídos de Kogan chasquearon dos veces antes de llegar al piso cincuenta.
La Torre de los Garras de Plata no olía a lobo. Olía a lavanda sintética, a aire reciclado y a dinero viejo. Las paredes eran de cristal blindado de suelo a techo, permitiendo que la ciudad gris se extendiera a sus pies como un tablero de ajedrez que ellos creían controlar.
Kogan se ajustó la chaqueta. Se sentía sucio allí. No solo por la sangre seca del callejón en sus botas, sino porque este lugar le recordaba en qué se habían convertido los suyos.
Los Garras de Plata no nacieron en las montañas. Su historia, la que contaban en voz baja mientras bebían brandy de cien años, decía que fueron el primer clan en entender que el oro protegía mejor que el acero. Hace tres siglos, mientras los Crecientes se mataban por cuevas húmedas y los Lobos de Sangre morían defendiendo bosques que los humanos talaban, los Garras se pusieron pelucas, se casaron con la aristocracia humana y compraron las tierras.
Dejaron de ser una manada. Se convirtieron en una corporación.
Al salir del ascensor, Kogan pasó por delante del "Muro de los Fundadores". Retratos al óleo de hombres severos con miradas de depredador. En el centro estaba el Gran Alfa actual, Sebastian Hale, el padre de Marcus. Un anciano que ya no salía de su ático, conectado a máquinas que le limpiaban la sangre, gobernando el clan como un presidente vitalicio. Bajo su mandato, la estructura era piramidal y despiadada: doscientos miembros activos en la ciudad. Abogados, jueces, banqueros.
Pero el verdadero tesoro —y el verdadero pánico— de los Garras no estaba en sus cuentas bancarias, sino en el ala oeste del edificio.
Las hembras.
Kogan miró de reojo hacia ese pasillo custodiado por guardias armados. Los Garras de Plata tenían un problema que el dinero no podía solucionar: la endogamia. Su obsesión por mantener el linaje "aristocrático" los había debilitado. Apenas tenían cuarenta hembras fértiles en todo el clan. Cuarenta mujeres tratadas como reinas, o como prisioneras de lujo, protegidas día y noche porque cada embarazo era una cuestión de estado. Si perdían una sola, el clan entero se acercaba un paso más a la extinción.
—Deja de mirar el pasillo oeste, Kogan. No tienes el nivel de seguridad para ni siquiera pensar en ellas.
La voz de Marcus Hale llegó desde el final de la sala de juntas.
El Mediador estaba de pie frente al ventanal, de espaldas, mirando las luces de la ciudad. Llevaba un traje italiano que costaba más que la vida de Kogan y sostenía un vaso de cristal tallado. Cuando se giró, su rostro era una máscara perfecta de calma, aunque Kogan pudo oler la tensión en su sudor. Olía a químico. A inhibidor puro.
—Nadie quiere a vuestras mujeres, Marcus —dijo Kogan, cruzando la inmensa sala vacía—. Son demasiado pálidas y nunca han pisado la hierba.
—Son el futuro —replicó Marcus secamente, dejando el vaso sobre una mesa de caoba que parecía un altar—. Algo que estamos intentando asegurar mientras tú te peleas con turistas en callejones sucios.
Marcus deslizó una tablet sobre la mesa. El video del turista se reproducía en bucle.
—El gobierno confiscó el original, pero hay copias —dijo Marcus. Se aflojó el nudo de la corbata, un gesto humano que delataba su agotamiento—. Mis equipos informáticos están borrando metadatos a velocidad luz, pero no podemos seguir así, Kogan.
—El chico era un Creciente —dijo Kogan, sentándose sin pedir permiso y poniendo los pies sobre una silla de diseño—. Se saltó la dosis. Pasa.
—No se saltó la dosis.
El silencio que siguió a esa frase fue pesado. Marcus se inclinó sobre la mesa, y por primera vez, el abogado desapareció y el lobo asomó en sus ojos grises.
—Le hicimos análisis de sangre antes de que el gobierno se lo llevara al "centro de rehabilitación". Tenía niveles de inhibidor en sangre suficientes para tumbar a un caballo. Debería haber estado dormido, no transformándose.
Kogan frunció el ceño, bajando los pies de la silla.
—Los inhibidores no fallan, Marcus. Son vuestro producto estrella. Si fallan, se cae el telón.
—Están fallando —susurró Marcus, como si las paredes de cristal pudieran oírle—. Y no es un lote defectuoso. Es... una resistencia. O algo externo que los quema.
Marcus caminó hacia un mueble bar y sirvió otro trago, esta vez ofreciendo uno a Kogan, quien lo rechazó con un gesto.
—En la última semana, hemos tenido doce incidentes. Doce. Lobos jóvenes, viejos, de Sangre, Crecientes... incluso una de nuestras hembras en el ala oeste casi pierde el control durante la cena. Dicen que escuchan algo. Un ruido. Una vibración antes de que la rabia los ciegue.
—¿Qué tipo de ruido? —preguntó Kogan, sintiendo un escalofrío familiar. Él también había tenido dolores de cabeza últimamente, un zumbido bajo en la base del cráneo.
—No lo sabemos. Los científicos lo llaman "disonancia cognitiva". Los místicos de los Hijos de la Luna lo llaman... de otra forma.
—El Eco —completó Kogan.
Marcus hizo una mueca de disgusto al oír el término supersticioso.
—Llámalo como quieras. El punto es que si nuestros inhibidores no funcionan, el tratado con el gobierno se rompe. Si el tratado se rompe, nos cazan. Y si nos cazan, Kogan, tú no tendrás dónde esconderte por muy "sin clan" que seas.
El Mediador sacó un sobre grueso de su chaqueta y lo lanzó sobre la mesa junto a la tablet.
—Quiero que encuentres la fuente. No me importa si es un arma sónica militar, una bruja renegada o esa estúpida profecía del Alfa Verdadero empezando a cumplirse. Encuentra qué está haciendo ese ruido y apágalo.
Kogan miró el sobre. Sabía que dentro había dinero suficiente para desaparecer del mapa, pero también sabía que si aceptaba, se estaba metiendo en medio del fuego cruzado.
—¿Y si no puedo apagarlo? —preguntó Kogan, levantándose.
Marcus le miró con la frialdad de un reptil, con la frialdad de un clan que había sobrevivido trescientos años vendiendo a su propia madre si hacía falta.
—Entonces, Kogan, prepárate. Porque los Garras de Plata no caeremos solos. Si nosotros ardemos, la ciudad arde con nosotros.
Kogan cogió el sobre. Pesaba. Pesaba como una sentencia.
—Voy a necesitar hablar con las brujas —dijo Kogan, dirigiéndose al ascensor—. Si es química lo que falla, ellas sabrán por qué.
—Ve —ordenó Marcus, volviéndose de nuevo hacia la ventana, hacia su imperio de cristal frágil—. Pero ten cuidado. La noche está muy ruidosa últimamente.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, aislando de nuevo a Kogan del lujo estéril de los Garras, él supo que Marcus mentía en algo. Los Garras de Plata siempre se guardaban una carta. Pero por ahora, tenía un trabajo: buscar un sonido que estaba volviendo locos a los monstruos.







