La noche de Hong Kong no conocía el descanso, y desde la suite de lujo en el distrito de Central, el brillo de los carteles de neón se filtraba a través de los cristales como un caleidoscopio de ambición y tecnología.Valeria Miller estaba sentada frente a su escritorio, revisando los últimos términos del acuerdo con la Alianza de Jade, pero su atención se desviaba constantemente hacia la sala contigua.Allí, Sebastián estaba sentado en el suelo, rodeado de cables y componentes de hardware, mientras Mateo le daba instrucciones con una seriedad que resultaba casi cómica para un niño de su edad.No era una escena de juego común; era una prueba de aptitud que el pequeño genio había diseñado para evaluar si su padre era capaz de seguirle el ritmo.Valeria observaba a través de la puerta entreabierta, notando cómo Sebastián sudaba no por el esfuerzo físico, sino por la presión mental de no fallar ante los ojos de su hijo.Mateo había bloqueado el acceso a uno de los servidores secundarios
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