El aire en el salón de plenos de la Casa De la Cruz estaba viciado, cargado con el aroma a madera vieja y el rancio perfume de una aristocracia que se negaba a aceptar su obsolescencia. Sebastián de la Cruz entró en la estancia con la mirada fija al frente, ignorando los murmullos de los deanes y consejeros que lo observaban como si fuera un traidor a la corona. En sus manos sostenía la carpeta negra que Valeria le había entregado la noche anterior, un documento que no contenía propuestas de paz, sino las condiciones de una rendición incondicional que borraría el nombre de los De la Cruz como fuerza dominante en el mercado europeo. Sebastián se detuvo en la cabecera de la mesa, la misma mesa donde cinco años atrás se decidió, en su ausencia y con su negligencia, que Valeria Miller debía ser eliminada de la historia familiar.La tía abuela Matilde, sentada en el extremo opuesto con una palidez que rozaba lo espectral, golpeó su bastón de plata contra el suelo, exigiendo una explicac
Leer más