El amanecer en Hong Kong trajo consigo una humedad que parecía pesar sobre los hombros de Valeria Miller, a pesar del aire acondicionado de su despacho.
Había pasado la noche en vela, no por los movimientos de bolsa de los De la Cruz, sino por un mensaje que había aparecido en su terminal privada a las tres de la mañana.
El remitente era una dirección IP fantasma, una que ella reconoció con un escalofrío: el mismo protocolo de origen que utilizaba David en la simulación biotecnológica.
No era p