El aterrizaje en el aeropuerto de Londres-Heathrow se produjo bajo un manto de nubes grises que, a los ojos de Valeria Miller, no representaban tristeza, sino la limpieza necesaria de un nuevo comienzo.
Al bajar del jet privado, el aire frío de Inglaterra golpeó su rostro, recordándole que los días de calor asfixiante y traiciones en Madrid habían quedado sepultados por miles de kilómetros de distancia.
Valeria sostenía la mano de Mateo, quien miraba con curiosidad el despliegue de vehículos