El despacho presidencial de la Torre Cristal ahora olía a jazmín y tecnología limpia, un cambio drástico respecto al rancio aroma a tabaco y cuero de la era de Alejandro. Valeria Miller revisaba los informes de seguridad de la residencia privada donde Mateo pasaba sus días, sintiendo una presión constante en el pecho que no provenía de sus implantes, sino de un secreto que amenazaba con estallar. Sebastián de la Cruz había estado solicitando visitas más frecuentes, y en sus ojos Valeria detectaba una chispa de análisis que iba más allá del afecto paternal. Él era un hombre inteligente, y los números de la gestación de Mateo, cruzados con las fechas de su supuesto accidente, empezaban a formar una aritmética peligrosa que ella debía sabotear a toda costa.Valeria sabía que no podía proteger la identidad de Mateo sola, especialmente ahora que Alejandro estaba bajo custodia pero sus seguidores seguían infiltrados en las instituciones legales. Por ello, había convocado a Bruno Vales,
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