El rugido de los motores del jet privado de la Fundación De la Cruz era el único sonido que llenaba la cabina, un silencio denso más pesado que la altitud a la que volaban de regreso a Madrid.
Valeria Miller vigilaba a Mateo, quien dormía profundamente en el asiento frente a ella, sin darse cuenta de la tormenta de poder que acababa de decidir su destino en ese búnker del norte.
Alejandro de la Cruz no los liberó por bondad de corazón; los soltó porque un escándalo de secuestro internacional de