El aire en las Tierras Altas de Escocia todavía olía a piedra quemada y ozono rancio cuando Valeria Miller regresó a las ruinas de la Katedral de Biotecnología. No venía como la fugitiva que escapó entre las sombras, sino como una fuerza de ocupación táctica, flanqueada por los restos leales de Montes Group y protegida por un aura dorada que emanaba de su propia piel. La nieve caía sobre los escombros calcinados, pero se evaporaba antes de tocar a Valeria, cuyo cuerpo ahora operaba a una temperatura biológica que desafiaba cualquier diagnóstico médico convencional.Bajo sus pies, en las entrañas de la montaña, latía el pulso de "El Origen", una instalación de nivel nueve que Alejandro de la Cruz había ocultado incluso a su propio hijo, Sebastián. Valeria sabía que cada paso que daba hacia abajo era un paso hacia la verdad que le habían robado desde el momento de su concepción. El núcleo orgánico que llevaba en su mano vibraba con una intensidad frenética, actuando como una brújula
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